Anatacio Jiménez M.
El niño estaba detrás de la niña, qué colocada en un plano superior hacia la ventana, se entretenía mirando el azul del cielo, mientras apretaba contra su pecho una muñeca. Abajo la gente seguía pasando en la continuidad de la rutina del barrio.
El cuadro de luz era magestuóso. Era el caer de una tarde en el barrio de Harlem de la Ciudad de Nueva York. Una de esas dichosas tardes que van arribando a la obscudridad entre trozos de luces y sin mayores sucesos.
El niño se entretenía en cruzar y recruzar sus piernas alternándolas con sus, tambien cruzados brazos, en repetidas posiciones. Imitaba, quizás, alguna posición yoga tomada de la pantalla chica. Concebía, tal vez, su futura adolescencia sobre un esqueleto equilibrado y ágil; o sencillamente recreaba sus horas sobre la inocencia de su edad sin más responsabilidad que el deleite del juego.
Desde los pisos superiores, mezcladas con el sonido de un rock kan rock de moda, llegaban voces, que apenas percibían los infantes, distanciados entre sí; por lo que parecía ser un raro encanto. El niño seguía haciendo sus acrobacias y la niña tarareaba algo meciendo su muñeca. De pronto se oyó un grito y otros gritos se sumaron al primero. Los transeuntes, intrigados, voltearon sus ojos hacia arriba. Algunos corrieron hacia la acera con igual carga de emoción.
¡todos llegaron tarde! El cuerpo de la infante había quedado inerme. La ambulancia llegó presta, pero todos sabían que no habría nada que hacer. Y esta incertidumbre comenzó a generalizarse en medio del desesperado grito de la madre !Tú la empujaste! ¡Fuiste tú! _ repetía, mientras señalaba al pequeño niño, qué veía confundido la ambulancia alejarse.
A pesar de que la madre salió junto a la ambulancia, el suceso fue en apariencia dilucidado desde aquel instante, por los demás familiares de la infante accidentada, y por los pobladores de la vecindad a quienes persuadió el grito perceptivo de la madre de… ¡fuiste tú! ¡fuiste tú!; sentencia que acompañada de su índice acusador cayó sobre el muchacho con la fuerza de una condena popular.
La ciudad siguió su curso. Todas sus aguas con su carga de contaminación, buscaron sumarse al caudal de Hounson. Sus luces siguieron alumbrando el territorio de Harlem y a sus bones. Pero por las calles de todo el territorio un niño fue creciendo en medio de la más abyectas penumbras.
Un día, cansado de caminar todos los rincones de su barrio. Hastiado de la carga. Triste y desesperanzado; el adolescente se dejó caer sobre el banco más próximo que el parque del Barrio ponía a la disposición de su escuálido cuerpo.
_¿Por qué tengo que llevar este faldo a cuesta? ¿Por qué no pude disfrutar como todos los niños del seno de un hogar…; del calor de mis hermanos, de la bendición de una madre? _ Se interrogaba el joven._ Hoy no sé ni si quiera dónde dejé mis risas infantiles! Mi mocedad!… Catorce años condenado a ésta soledad barrial, que no sé cuando terminará._
Mientras el boricua meditaba consumido por su amargura; no se dió cuenta del paso de las horas. Era de noche cuando decidió seguir su camino. El mismo que le había traído hasta el parque. _ “Ey tú“_ oyó que le gritaron desde corta distancia. Siguió caminando como sí no hubiese escuchado. _“Ey tú“ _ volvió la voz a insistir, ahora con cierta dureza._ El boricua se paró y pronto reconoció el rostro del hombre.
¡Te dije que no ando en eso..! _Dijo el boricua, como quién responde a una proposición reiterada. _ Pues tendrá que aceptar. Necesitamos uno en la zona y tú eres el escogido. _ Dijo la voz, usando un tono autoritario. _ Te equivocas. Si ciertamente te conté mis necesidades, si me atreví a hablarte de mis problemas, fue sólo porque me inspiraste confianza. Parece que me equivoqué!… Y ustedes también se equivocaron en escogerme para sus negocios sin contar con mi autorización. ¡De modos que no me sigas más! _ acotó el muchacho.
El hombre no se inmutó. Como buen manejador de sus asuntos, se le acercó y le dijo casi en secreto y de forma persuasiva _ Tú no imaginas lo bien que te vas a ir. Vas a poder gastar dinero a “manos llenas“, tener las mejores mujeres y los mejores carros. _ Le había tomado de la mano simulando confianza, mano que el muchacho rechazó con violencia, siguiendo su camino y decidido a dejar el lugar. Y no volvió la cara.
_Esa no fue la única prueba que la vida puso en mi camino tratando de pederme, _le dijo en un encuentro fortuito a su madre. _ Fueron muchas las veces que tuve que evadirme de los vicios, y de las tentaciones. _continuó diciéndole_ Porque no quería caer! Hubiese sido como rendirme ante tus sospechas!… Tus sospechas, que eran como la voz de todas las mamás siguiéndome durante tantos años…
Tu condena, que era como el golpe del mazo de todos los jueces! Como el Editorial de todos los periódicos condenándome… Como si toda la sociedad parada en todas las esquinas me gritara con saña: ¡culpable! … ¡culpable..!
He sido tratado como paria en el seno familiar, de forma qué tu rechazo se proyectó a todo mi entorno, incluyendo la escuela, donde tanto los estudiantes, como los profesores, me señalaron con el colectivo índice acusador de ¡culpable! ¡culpable!. _La madre no entendió sus alegatos, o no los creyó. El Boricua se desesperaba cada vez más y dio la espalda, más vacío que nunca.
Las experiencias que los años ponían frente a su constante vagar eran cada vez más duras. Su vida interior continuaba siendo un infierno: Su madre no le creería nunca y ya el mismo comenzaba a dudar de su inocencia, por lo que sus sueños eran intranquilos y llenos de figuras infantiles que se mofaban de su presencia. ¡“Yeje“, estás más viejo que ayer y más solo, “yeje“, “yeje“..!
Un día, en que el sol caía sobre el barrio recreando la estación del Verano; se despertó el boricua, sobre el suelo pintado por la grama. En la medida que fue abriendo sus ojos al cielo, sintió que el muchachito perseguido, vejado, rechazado se le había crecido en medio de su búsqueda de inocencia y lo dejaba en la capacidad de cuestionar y procurar justicia.
Caminó hasta el edificio del barrio que le había servido de hogar durante sus primeros balbuceos, y al comenzar el ascenso de la antigua escalera, bajaba una mujer de torpes pasos y duro rostro: ¡Mamá! _ Llamó el Boricua con gran impulso de la voz. _ ¡No puedo más!… ¡Quiero oirte decir que has estado equivocada! ¡No soy el joven que ves! ¡No! Porque en mi interior permanece arrodillado un niño. El mismo que salió de tu regazo y que ha esperado oír de tus labios palabras de absolución… ¡No de perdón mamá! ¡De absolución!…
La madre trató con esfuerzo de dulcificar el rostro, pero no le era posible dejar de mostrar en su fisonomía lo que en su interior guardaba. Y cómo pensando en alto repitió la sentencia de hacía muchos años: Fuiste tú! Y terminó de bajar la escalera con pasos firmes y sin dobléz alguna.
El muchacho viró; no sabía si gritar o seguir implorando. A sus sentidos volvieron todos los sufrimientos y tentaciones del pasado. Miró hacia el cielo y abrió los brazos como pidiendo orientación, mientras seguía camino.
El boricua siguió trotándo caminos por mucho tiempo más. Sintiendo como siempre que todo le acusaba: Sin meta ni cariño, sin sitio donde ir… Un día, el que le pareció el más negro de todos los días de los calendarios conocidos, comenzó a realizar el ejercicio mental que tanto había repetido durante ese largo y tortuoso tiempo. Convencer a la vieja!_
Mamá, sigues equivocada. Persiste en negarme tu cariño que tanto necesito. Me siento pequeño cada vez que me desprecia._ Gesticulaba desesperado; para seguir la línea de su pensamiento._ Aúnque no te pido nada especial… Sólo que me digas que me crees.
_Y en su maltrecha mente oyó repetirse la misma respuesta_ “Es doloroso entender, que a una se le arrebate un pedazo del corazón y que ni siquiera le asista el derecho de saber cómo… ¿Te recuerdas muchacho? Mi niña!… _ ¡Mi hermana, mamá! ¡Mi hermana!_ El Boricua olvidó que era sólo su ejercicio mental; una conversación consigo mismo y su expresión desesperada salió como rayo de sus labios, haciéndose sonora_ ¡Mi hermana, mamá! _ Repitió envoz alta la última línea de su pensamiento.
¡Sí, manito. Y la mía también! Ella era también mi manita! _ El muchacho viró violentamente. No esperaba otra compañia que no fuera su dolor y vió que caminaba hacia él su hermana menor, qué no paró de hablar_
_Desde el plano en que ustedes estaban respecto al mío, pude verlo todo. Sólo que no podia explicarlo por mi edad. Pero siempre estuve segura de que la distancia que medió entre ustedes e incluso, la diferencia del entretenimiento que ambos tenían, te descargaban y te descargan de toda responsabilidad. Por eso te he seguido hasta aquí _ Siguió diciendo.
_Recuerdo que pasó un avión, lo recuerdo por el ruido que aún martilla en mis oídos. Ya podía discernir entre ruidos; y recuerdo que pensé, qué el avión se iba a estrellar en el vecindario…. Ella se distrajo viendo hacia las Alturas. Yo la ví !… y luego vió hacia el vacío… y sucedió!
_¡Saltó el Boricua y con las energías de sus casi 40 años abrazó a su hermana, la saltó, la besó le dio vueltas y luego, todabía eufórico; la soltó, abrió los brazos y dió gracias al cielo… _ ¡Padre Creador! No es tarde todavía para que pueda yo encontrar cariño, camino y sociedad! ¡Soy libre!… ¡Soy libre! Aúnque mi madre continúe prisionera, yo soy libre. _ Dió un beso final a su joven hermana y comensó a caminar.
_ Era el anochecer. La luna venía ascendiendo en reclamo de su espacio
y en sus prestados rayos de luz, el boricua descubrió el avance de los grupos de estudiantes, profesores y vecinos del barrio con un gesto de amor inconfundible!
Paterson NJ
Marzo 29- 2009