CARLOS PIE
Anastacio Jiménez M.
Cuento dedicado a Leonarda López y a
Dulce Sem.
Le llamaban Carlos Pie, y acababa de entrar al País desde una ciudad haitiana, ubicada a algunos kilómetros de la frontera con la República Dominicana. En Dajabón fue informado sobre las ventajas que para los inmigrantes ofrecía la Provincia de Santiago, y Carlos Pie, depués de caminar mucho, llegó a la Común de Peña Tamboril, de aquella Provincia, donde se desarrollaba un proceso de producción de dulces y alimentos, que garantizaba ciertos niveles de abundancia. El lugar le resultó agradable al inmigrante, quién no tenía muchas obsiones.
Comenzó a caminar por la población tratando de orientarse hacia los sitios de siembra, y llegó a la entrada del lugar llamado La Ermita, donde se detuvo, deslumbrado por las aguas del Río Licey, en el que decidió refrescarse de la pela de sol que traía sobre su piel. El haitiano Carlos Pie entró al río, con tanto entusiasmo que se olvidó de que estaba fuera de su país, echándose al agua, tal cual lo vió la partera. El agua lo hizo sentir reconfortado y miró al cielo en un gesto de gracias.
La posa de la cabima, en el río Licey, por el sitio de la Ermita, era famosa porque su profundidad rivalizaba con la posa de Las Aromas, en la parte oeste de la Común de Peña, de la que se decía que tapaba a más de seis hombres puestos de pies, uno encima del otro. La profundidad de esta posa sólo la desafiaban, Foro el de Tomás López, Mazo el de Moguí y Guazán el de Chicha, cuando en desafío se dejaban caer hasta sus aguas, desde las ramas más altas de las javillas.
Sin embargo, esta profundidad no fue limitante para que el inmigrante cumpliera su propósito de bañarse en la posa; y pronto las braciadas que lograba el haitiano, y sus sambullidas de pez de agua salada, llamaron la atención de los niños del vecindario a quienes les encantaron las piruetas del bañista. Más de media docena de ellos se fueron acercando al haitiano, para su bien , ya que en una de sus sambullidas Carlos Pies sacó sus ojos al sol, y se encontró con la figura imperturbable del señor Fruto Pichardo, quién junto al señor Antonio Martínez, formaban el cuerpo de Ayudantes del Comisario de Peña Tamboril.
Carlos Pie fue llamado a capítulo, por el funcionario municipal, y todavía saliendo del agua, se notaba una ingenua sonrisa en su rostro; expresión que cambió diametralmente cuando oyó la voz de la autoridad ordenándole que saliera, desnudo como estaba. Al haitiano le bastó con sentir sus genitales bailando entre sus piernas, y ver a la gente que se apresuraba a alcanzar la orilla de la posa. Abrió los brazos sobre su humanidad y cerró sus sorprendidos ojos, exclamando entre creol y francés:
- Pardon Monsieur, Pardon;- El Ayudante se envalentonó ante tanta humildad y gritando le pidió que se identificara, a lo que el haitiano alcanzó a decir - Je sui Carlos Pie, mais Je ne parlé Spa’nol, Pardon Monsieur- La aguas del río continuaban bajando indiferentes, más los niños no. Los niños aprehendieron el nombre del haitiano y se tiraron a sus pies y a tono, como en ensayo teatral, repitieron a coro: - ¡Es papá Calito! ¡don Fruto, no le haga daño, que es papá Calito!-
El Ayudante del Comisario qué ya había tildado al inmigrante de violador de la moral pública, impresionado con el gesto de los niños; y entendiendo al inmigrante como un asiduo visitante del vecindario, fue dejando caer su gesto duro, y corrió junto a los niños a pasar la ropa del perturbado hombre, quién mirando a los curiosos, cubría con sus manos el pecado adánico.
Ya pasado el incidente, el haitiano y los niños de la Ermita subían hacia el Camino Real, mientras los pequeños luchaban por entender el raro decir del hombre, al que bautizaron como papá Calito, mientras éste repetía de alegría: -Mercí garzon, mercí, mercí.-
Paterson NJ, USA
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